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Los segmentos de población de menores ingresos, así como
aquellos que se encuentran en zonas geográficas poco
accesibles se han valido de diversos mecanismos para
contar con servicios financieros que les permitan formar
un patrimonio o tener actividades productivas. Las
respuestas a esas necesidades han sido diversas, de
acuerdo a la época y al lugar. Una constante ha sido que
conformar un sistema de intermediarios financieros
requiere de un proceso de maduración.
En sus orígenes, los bancos generalmente enfocaban sus
servicios a los estratos de mayores ingresos de la
población. Esto era parte de la naturaleza del negocio
bancario. La masificación de los servicios bancarios fue
un fenómeno que empezó en el siglo XIX, pero se
generalizó en el mundo hasta ya entrado el siglo XX. En
el caso de México, la banca que se desarrolló durante el
porfiriato llegó al país tarde en comparación con el
resto del mundo, y atendía a un segmento pequeño de la
población. A pesar de que ese sistema bancario logró
cierta consolidación, fue prácticamente destruido
durante la Revolución. Fue hasta los años treinta del
siglo XX cuando se reconstruyó el marco institucional de
la banca y se inició una nueva etapa de crecimiento.
La mayor parte de la población en México, al no ser
atendida por los bancos, se valía de estrategias
alternativas para cubrir sus necesidades de servicios
financieros, principalmente de ahorro y de crédito. Los
mecanismos informales existían desde la época colonial.
Desde entonces había diversas organizaciones
eclesiásticas que hacían operaciones de crédito y ahorro
para distintos estratos de la población. Por ejemplo,
las cofradías prestaban servicios financieros de forma
que hoy podría llamarse solidaria en materia de ahorro,
crédito y garantías para crédito.
También había en la época colonial, organizaciones que
podrían considerarse híbridas, como las cajas de bienes
de comunidades indígenas. Esas cajas tenían un carácter
solidario dentro de las comunidades indígenas. Otro
actor relevante fueron los Montes de Piedad, los cuales,
si bien tenían un objetivo asistencial, proveían un
servicio de naturaleza financiera. El primer monte de
piedad, el Real Monte de Piedad de Ánimas fue fundado en
1775 por el virrey Pedro Romero de Terreros; otros
montes de piedad fueron fundados posteriormente como el
Luz Saviñon en 1902.
Dentro de esta diversidad de oferentes, a fines del
siglo XIX y principios del XX hubo intentos por
constituir un sistema de cajas similar al de Alemania,
principalmente para el sector agropecuario, pero los
resultados fueron efímeros. Por ejemplo, en 1839 se
fundó lo que se considera la primera caja de ahorro en
México, en Orizaba, Veracruz. Posteriormente en 1903,
Miguel Palomar y Vizcarra promovió en Jalisco
cooperativas de ahorro y crédito del modelo Raiffeissen
para actividades productivas. Después de la Revolución,
estos movimientos derivaron en organizaciones de
naturaleza mutualista y otras de tipo cooperativista que
buscarían distintos cauces para su desarrollo, pero sin
una consolidación inmediata.
La expansión de la banca mexicana en el siglo XX,
fundamentalmente entre 1945 y 1982, permitió bancarizar
a una parte importante de la población que otrora
carecía de servicios financieros tradicionales. La
mayoría de los habitantes —principalmente de zonas
rurales y la más pobre— quedarían sin acceso completo y
permanente a servicios bancarios. Después del esfuerzo
que se llevó a cabo entre los años cincuenta a los
ochenta, la banca no cruzó las barreras geográficas,
institucionales y socioculturales de un porcentaje
amplio de la población sino hasta años recientes. Para
el Estado mexicano a lo largo del siglo XX, la banca
comercial constituyó el principal vehículo para generar
inclusión al sistema financiero.
Organismos de naturaleza mutual, como las uniones de
crédito (contempladas en la Ley Bancaria desde 1932 como
“organizaciones auxiliares de crédito”), tenían que
operar a través de las ventanillas de los bancos. Por
otra parte es un hecho que algunas uniones de crédito
atendían sectores relativamente pobres —como las uniones
de crédito campesinas—, pero la mayoría operaban para un
sector productivo bien organizado. Y, a pesar de que
desde los años treinta había una preocupación por
acelerar un downscaling de los bancos en los
servicios financieros, como fue el caso de la emisión de
una Ley de Ahorro Popular, (iniciativas destinadas a
crear bancos para sectores no atendidos, etc.), nunca
hubo una estrategia amplia en esta materia.
El Estado consideraba que los segmentos de la población
que no recibían financiamiento bancario debían ser
atendidos directamente por el propio gobierno. La
creación de los bancos de desarrollo obedecía a esta
noción. Tal fue el caso de la fundación del Banco
Nacional de Crédito Agrícola, antecedente directo de la
actual Financiera Rural, que fuera fundado en 1926, y se
expandiera con un esquema de red regional de bancos semi
autónomos, o bien el Banco Nacional de Crédito Ejidal,
fundado en 1935, con el objetivo de apoyar
financieramente a los pequeños productores beneficiados
con el reparto agrario de Lázaro Cárdenas.
Otro principio —el de los fideicomisos públicos de
fomento y de la banca “de segundo piso”— buscaba que,
con la mano del Estado, la banca “bajara” a segmentos
del mercado que tradicionalmente no consideraba por
estar fuera de sus estrategias de mercado, como era el
caso de pequeños agricultores y empresas pequeñas. Uno
de los más importantes han sido los FIRA, los cuales
iniciaron en 1954 con el establecimiento del primer
Fondo.
Los esfuerzos del estado mexicano eran canalizados
primordialmente para disponibilidad de crédito. Una
excepción enfocada al ahorro fue la creación del
Patronato del Ahorro Nacional en 1949. A lo largo de
esas décadas el gobierno buscó mantener un papel central
en el proceso de desarrollo financiero. En cuanto a
aumentar la inclusión en un sentido amplio, aún falta
por analizar esa historia, aunque es posible adelantar
que los esfuerzos del gobierno fueron un factor
importante, pero sin resultados comprensivos.
La oferta formal de servicios financieros no estuvo
limitada a la banca, al gobierno y a los intermediarios
que eran reconocidos en el marco de la regulación
financiera mexicana. Las cajas populares fueron por
muchas décadas una organización formal que buscaba
servir a segmentos desbancarizados. La primera caja de
ahorro o “caja popular” se estableció en 1951. Desde sus
orígenes, las cajas formaron una red: en 1954 se fundó
el Consejo Central de Cajas Populares y en 1963-64 se
formó la Confederación de Cajas Populares con las
primeras seis federaciones de Cajas. Los orígenes de
estas organizaciones son diversos: las hay con raíces
religiosas, así como de raíces cooperativistas (aunque
aparentemente separadas del cooperativismo oficial que
se desarrolló a la sombra de los gobiernos de entonces).
Hasta hace algunos años —concretamente con la Ley de
Ahorro y Crédito Popular— las autoridades financieras
mantuvieron cierta distancia hacia ellas como oferentes
de servicios financieros.
En México, la corriente de la prestación de servicios
financieros populares por microfinancieras guarda una
historia complementaria a la de las cajas, uniones de
crédito, y otras entidades que han atendido a población
con menor (o sin) acceso a la banca. Ya desde los años
setenta, en México y muchos otros países en desarrollo,
las microfinancieras han tenido como misión proveer
financiamiento directamente a las personas excluidas de
los servicios bancarios tradicionales, con el objeto de
facilitar su desarrollo y participación productiva en la
economía de sus países. Desde finales de los años
ochenta y principios de los noventa, México se sumó a
los países en vías de desarrollo que vieron la provisión
de servicios de microfinanzas como herramienta para el
desarrollo comunitario y alivio de la pobreza.
Nota: Este documento es resumen del artículo
“Restrospectiva histórica de la expansión del sistema
financiero a grandes segmentos de la población”, por el
mismo autor.
Fuentes:
1. Gustavo Del Ángel. “La inclusión financiera en
México”. En: Mapa Estratégico de Inclusión
Financiera: Una Herramienta de Análisis. Autores:
Ursula Heimann, Juan Navarrete, María O’Keefe, Beatriz
Vaca y Gabriela Zapata. México 2009.
2. María O’Keefe. “Línea del tiempo de las finanzas
populares”. En: Las Finanzas son de Todos. Una
experiencia de inclusión financiera. Museo
Interactivo de Economía. México 2010.
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